
Águilas bajo un cielo de mármol.
Bendecido por la lluvia, paseaba las calles de una ciudad.
Y recordaba: Los ojos de los niños no tienen piedad.
Ellos, con dulces manos, levantan las eternas horcas del juicio.
Así habla la niebla blanca que habita en la frente,
la que empuja desde el silencio sin voz,
asesino inocente, trazador de los pasos que no se recuerdan.
Al alba ví venir la voz hacia mí, y cómo dejaba sellado en el cielo un nombre de piedra.
Y dormí en silencio bajo las oscuras águilas en la llanura en sombra,
guardado por el tigre.
En el sueño, en el pozo azul del espacio, ví alzarse
el inmenso y atroz rostro del hombre, desfigurado en una mueca de odio, y de sus dientes sangraban manos y estrellas.
Por eso no hallé refugio en el bosque, ni en el mar, para escapar de su rostro.
Pero en la catedral, negra y maldita, pude descansar.
Y cánticos de voces como los días tejían en el aire nuestras figuras.
Águilas bajo un cielo de mármol.
Los dioses, desde antes de la primera noche,
reposan en firmes lechos de piedra en lo alto de nuestro cielo,
y ven nuestro paso silenciosos y displicentes.
Sus ojos matan, y arden en la luz blanca,
y nos incitan a darles muerte en lo oscuro,
allí donde el grito no llega a romper.
Y así, los días de mucho dolor,
cuando soy desgajado hasta el hueso,
puedo ver la fina y tupida telaraña
que ata la forma de mis miembros a mi destino.
Y esto he aprendido:
En el rostro desfigurado del hombre, la luz se desdice de la luz.
La inteligencia es escándalo para sí misma,
y se despedaza eternamente en una guerra sin victoria ni derrota.
Dios contra dios.
Sin duda, he de hacer otros cielos y otra tierra antes de poder verme los ojos.
Por eso, bendecido por la lluvia, yo, con rostro desfigurado de hombre, paseo las calles de una ciudad, buscando a tientas letras entre los días.
Y mi deseo llama en el desierto, mientras aprieto con fervor un calendario circular.
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