Primero, en el calor, era el rumor del coche
al descender el camino de entrada, flanqueado de viejos cipreses.
y corría al amanecer, rápido,
para ver sus destellos contra el mar de la mañana,
diálogos de fiesta y de luz.
escuchaba incansable la voz del viento en los pinos,
los reflejos y centelleos del agua,
verde, azul, azul, verde.
de las olas contra las rocas,
y oscuras imágenes de piratas,
y un mundo quieto, henchido, suspendido.
en mi frente de niño, en aquellos veranos.
Yo sabía entonces mi nombre,
aunque no lo sabía pronunciar.
para volver a ver la vieja puerta de madera,
y el rostro verdadero
de aquellos que allí, como yo,
eran huéspedes del hechizo del viento,
del mar, de la luz,
en la tierra donde el universo fue creado.
