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viernes, 15 de julio de 2011

IN GOD WE TRUST (1)


¿Qué cosa es el dinero?

Esta es sin duda una pregunta relevante. Y que debemos intentar responder cada vez que , llegada a una “aporía” o crisis cualquiera de las instituciones que forman la sociedad - El Dinero, La Ley, El Lenguaje, El Comercio, La Moral, El Gobierno- , debemos recrearla desde su sentido propio o morirá irremisiblemente y nosotros con ella, o viviremos en sociedades infernales, miserables o demenciales.

Y no sólo debemos intentar responder, sino que está en nuestra mano el hacerlo, porque todo el conjunto de las instituciones sociales son obra nuestra, y como tal las creamos, sostenemos, modificamos o destruimos nosotros, es decir, tú y yo a través de los miles de actos que llevamos a cabo entre la cuna y la sepultura, cada día de nuestra vida.

Por tanto, la pregunta nos obliga a retroceder un poco, para perfilar qué son las instituciones o la sociedad formada por ellas, cada una de ellas por tanto una micro sociedad, de la misma forma que, en nuestro cuerpo, el sistema respiratorio, el de la circulación de la sangre o el linfático forman micro cuerpos dentro del cuerpo completo y vivo.

Y, aunque aquello que somos nos es dado, es decir, nos lo encontramos ya hecho, como el resto del universo “natural”, y de ello sabemos que sólo entendemos una parte muy pequeña, podemos decir que, si bien aquello que nos constituye como hombres, aquello que nos encontramos “ya hecho desde siempre”, es sin duda un Dios para nosotros, nuestras obras son nuestras, y tienen todas ellas la marca fundamental que las hace humanas: Un significado, un sentido, un propósito, una idea, etc. En suma, una PALABRA. Y esa palabra, no es que la podamos entender, sino que es en sí misma entendimiento, o no existiría.

Pues no es la voz la palabra, sino el nexo que enlaza la voz con aquello que la voz nombra, que recorre de arriba abajo todos nuestros sentidos engarzando unos con otros y forma así un “mundo” donde habitar. La palabra, como tal, no suena nunca, ni se esculpe ni se pinta ni se actúa, pero es siempre, y “ de arriba abajo”, la voz, la pintura, el gesto y la estatua.

De todas las cosas que nos encontramos “ya hechas”, es por tanto la palabra, sentido o inteligencia la que constituye a todas las demás.

Sabemos que nuestros huesos y nuestra sangre se enlazan de cierto modo, formando una estructura, de la cual decimos que vive. Ese principio organizador de la sangre, los músculos, la percepción, sea lo que sea, es un principio con cierta forma, luz o inteligencia propia, que preside desde las formaciones básicas hasta las acciones recíprocas de las mismas, y regula tanto nuestra respiración como nuestra facultad de andar y que, finalmente, unificando nuestras percepciones nos abre un mundo, un sentido, y somos así el espejo en donde ese principio llega a verse, y se cierra el círculo.

Por ello, con razón le llamamos vida.

Y cuando cualquiera de nosotros pierde ese “sentido” , vida o palabra, o no llega a tenerlo nunca, queda aislado del mundo, no llega a tener un mundo, ni para sí para nadie, y queda, como suele decirse, reducido a una existencia todavía – o ya- sólo “vegetal”.

Y si la pérdida de dicha palabra continúa más allá de la existencia vegetal, el organismo entero se descompone, y sobreviene la muerte, el silencio perfecto, la “mineralización”.

Esto es crucial recalcarlo una y otra vez: La palabra o vida es aquello que forma y constituye nuestro cuerpo, y todos los demás cuerpos, todo lo que existe “ante los ojos y los oídos”, en todos los mundos existentes y por nacer.

Y es al reconocerla cuando nuestro cuerpo, con todo su ser, forma el grito que no es llorar ni reír, sino nombrar o hablar, y que por ello tiene un tono peculiar, que no es de llanto ni de risa, sino de asombro y alegría al nacer, y autoridad, firmeza y gobierno después, cuando crece y se pone por obra. Y, en ese instante, para cada uno, se produce la creación del mundo.

Y, aunque viviéramos solos, nombraríamos todo y nos hablaríamos a nosotros mismos y a esa palabra misteriosa. Y ese habitar con uno mismo y con la palabra o sentido es ya, desde siempre, como lo “dado” fundamental de lo humano, la parte del universo o mundo nuestra, es decir, LA SOCIEDAD o COMUNIDAD.

Pues Robinson Crusoe, en tanto que es hombre y no ha perdido el sentido, habla con la inteligencia o palabra y se habla a sí mismo, y dice “yo” y “piedra”, y al hacerlo, crea la forma de vivir que le es propia y para la que se hicieron sus huesos y sus pulmones, y vive por tanto “en un mundo” o SOCIEDAD, en este caso sólo consigo y con la palabra que en él y en todas las cosas habla y hace al hablar, es decir, al organizar las formas y relaciones de lo existente y así hacerlo surgir y desplegarse.

Por tanto, esto es la SOCIEDAD: El espacio de significado que la palabra crea en el hombre, esto es, EL MUNDO mismo, cuando el hombre llega a nombrar y habla al fin.

Y esto, debe repetirse una y otra vez, aunque hubiera un sólo hombre en todo el universo quedaría así formada la sociedad o mundo. Es más, ese hombre sólo diría “yo”, o sólo diría “mundo” o sólo diría “palabra”, con idéntico significado en los tres casos, ya que al no haber oído nunca a otro hombre nombrar sólo conocería el espacio uno que cada uno de nosotros llama “su mundo” o “interioridad”, desde el que enlazamos con los mundos de los otros y creamos la vida en la tierra. Este último, el "mundo con los otros", el que surge al enlazar con los demás “hablantes”, es el que de forma habitual llamamos “sociedad”, pero que tiene su forma primera en la sociedad de cada uno consigo mismo, con lo “ante los ojos” o universo y con la palabra o inteligencia.

No hay por tanto Sociedad o Mundo sino allí donde hay hombres que hablan. La Sociedad es un puro espacio de significado entre hombres. Y los diferentes significados o “visiones” u “órdenes” forman las diferentes sociedades y los diferentes modos de existir o formar mundo en el tiempo de cada sociedad.

Y allí donde enferma o muere la palabra, enferma o muere la sociedad de los hombres, que quedan sin lugar donde habitar, sin un mundo. Y desde allí el viaje a la forma perfecta de silencio, la muerte biológica, sobre todo por la matanza y el devorarse recíprocamente entre ellos esos hombres ya sin palabra , mundo o sentido compartido, se vuelve inevitable y además ocurre de forma general e implacable y a enorme velocidad, porque el centro de la vida se ha destruido.

Cuando digo “hola, Carlos”, y Carlos me responde, “hola, qué tal?, Carlos y yo hemos formado una sociedad, se ha engendrado un mundo entre nosotros. Y antes de éste, se engendró para cada uno, cuando aún la palabra no sonaba, la sociedad o mundo fundamental cuando nuestros ojos se abrieron por primera vez a la luz del día.

Porque, como se ha señalado más arriba, la palabra, o inteligencia, al organizar nuestros sentidos, nos da un mundo y un cuerpo que reconocer, y es por eso que la sociedad primera o universal entre todos los hombres es la pura percepción del mundo, los sentidos, donde nos vemos, oímos, tocamos y gustamos, porque nuestro cuerpo es uno y el mismo para todos, y ese cuerpo es ya significado, verbo o palabra antes de que ningún aliento salga de nuestra boca, y en su simple vivir, es decir, alzar una ceja, subir los hombros, inclinarse, sonreír, “poner caras” o alzar una mano contiene a todas las lenguas particulares y es la autoridad interpretativa primera y última de todas ellas.

En conclusión: LA SOCIEDAD existe por la palabra o el significado, mejor dicho, es la palabra misma en la que viven – y fuente por tanto de todas su obras - los hombres entre sí. Es LA CASA DEL HOMBRE y su vida misma.

Y la PALABRA inmediata, dada y original es, simplemente, NUESTRO CUERPO, aquello que todos sin excepción tenemos en común y es uno y el mismo para todos los hombres.


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